Sacrificios humanos para la Santa Muerte

En este pueblo es notoria la adoración a la Santa Muerte.

NACOZARI DE GARCÍA, SONORA.- En los separos de la comandancia municipal, un joven delincuente de 23 años pasó dos semanas encerrado, con la única compañía de un lápiz, y para no pensar en las horas comenzó a hacer trazos en las blancas paredes. Más tarde, como un buen artista, realzó sus formas con sombreados casi perfectos.
Los dibujos eran símbolos de religiosidad. Había revelado en tonos grises una espectacular imagen de San Judas Tadeo y a su lado un ángel triste con las alas caídas, una Virgen de Guadalupe con la misma silueta de siempre y un enorme dibujo de la Santa Muerte, que este autor llamó «La Niña», con letras mayúsculas sobre la cabeza.
En Nacozari de García, un municipio serrano de quince mil habitantes donde casi todos se dedican a la minería, se siente la religiosidad. El joven delincuente dio una muestra de ello, pero la gente se ha encargado del resto. En la carretera, a veces tenebrosa por sus barrancos profundos, hay cruces que recuerdan la muerte de automovilistas que cayeron al fondo, pero también hay pequeñas capillas con veladoras e imágenes dedicadas a la Santa Muerte, en un pacto para la protección de los parientes que siguen vivos.
El pueblo está entregado a los asuntos espirituales. En la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, el cura, que es español, oficia misa todos los días y atiende servicios privados cuando lo solicitan. En las casas católicas las señoras rezan, pero en otras partes, entre el monte, hay personas que le dedican ofrendas de sangre a la Santa Muerte.

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El 6 de marzo de 2012, el herrero Martín Barrón López presintió que algo malo estaba pasando en el pueblo, tras la desaparición de dos niños con los que él había tenido contacto.
El primero, de diez años, vivía a tres casas de la suya en el barrio El Asilo  y lo conocían como «El Nene», aunque en realidad se llamaba Martín Ríos Chaparro. Él desapareció en julio de 2010 y nadie lo volvió a ver. El segundo, llamado Octavio Martínez Yáñez, también de diez años, había ido a su casa en algunas ocasiones hasta que desapareció en los primeros días de marzo. Tampoco lo volvieron a ver.
Su lazo con estas dos desapariciones comenzó a formarse tres años atrás, cuando llevó a vivir a su casa a una joven y sucia mujer que vivía en condiciones infrahumanas en Milpas Justiniano, afuera del pueblo, en medio de la nada. Estaba embarazada, pero parece que eso no le importó al herrero, que después le enseñaría a bañarse, a usar la lavadora, a mantenerse limpia y a cuidar juntos al bebé que venía en camino.
Ella es Georgina Barrón Meraz, que ahora tiene 20 años y era tía de Octavio, el segundo niño desaparecido. Es hija de Silvia Meraz Moreno, una mujer que le rendía culto a la Santa Muerte en su casa e involucraba a toda su familia en los rituales.
En su relación diaria, Martín Barrón López notaba algo extraño en la familia de su concubina. Fue un par de veces a Milpas Justiniano a recogerla y de reojo veía en el interior dos cuadros con la imagen de la Santa Muerte, alumbrados con veladoras. «Las dos veces que fui no me gustó a mí nada», dijo después el herrero.
A su casa, en la colonia El Asilo, llegaban sin avisar los familiares de Georgina. Martín evitaba tener relación con ellos, mucho menos con Silvia Meraz Moreno y su concubino, Eduardo Sánchez Urieta, un veracruzano conocido en el pueblo como «El Chilindrino», muy raro, siempre ensimismado. A veces llevaban al niño Octavio.

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Silvia Meraz Moreno.

Aunque no le consta, el comandante de la Policía Municipal de Nacozari de García, José Miguel Espinoza Osuna, cree que Silvia Meraz Moreno tomó un cuadro de la Santa Muerte que adornaba una pequeña capilla a un costado de la carretera, cerca del pueblo de Cumpas, en memoria de algún accidentado. La precariedad en la que vivían ella y su familia seguramente no le permitía comprar una imagen, así que fue por ella a esa parte de la sierra.
En su casa le encendía veladoras a la imagen y pensaba en que la Santa Muerte la ayudaría a encontrar dinero. Silvia, de 44 años, le pedía favores y aseguraba que hablaba con ella y que le exigía sangre nueva, producto de un sacrificio humano, a cambio de protección para su familia.
En diciembre de 2009, Silvia ideó una estrategia para quedar bien con la Santa Muerte. Su compañera de parrandas en las cantinas locales, Cleotilde Pacheco, de 55 años, sería la primera víctima. La llevó a su casa en Milpas Justiniano, le dijo que se sentara y que recogiera veinte pesos que estaban tirados en el suelo. Cuando la diminuta Cleotilde se agachó, Silvia le dio tres hachazos en la nuca y la mató.
Ese fue el primer sacrificio para la Santa Muerte, pero ahora debía deshacerse del cuerpo de Cleotilde. «Era una señora muy delgadita, muy chiquita», recuerda Jorge Castillo, un señor que trabaja para el Ayuntamiento y que años atrás le llevaba despensas a esa familia.
El papá de Silvia, Cipriano Meraz Aguayo, entonces de 80 años, cavó una fosa en la parte baja de una loma para echar el cuerpo de Cleotilde. Georgina, la hija, ayudó a acomodarla y a enterrarla. La familia de Silvia presenció el acto sangriento y calló por conveniencia. Ahora solo debían esperar a que la Santa Muerte cumpliera su promesa de prosperidad y bienestar.
Mientras, en el pueblo, inició la búsqueda de Cleotilde. Fueron colocados cartelones con su fotografía en los lugares que frecuentaba, pero al cabo de un breve tiempo el pueblo desistió. Algunos creyeron que se había ido muy lejos con otro hombre y había abandonado a su esposo, un viejo que todavía recorre las calles con un costal sobre su espalda, recogiendo botes de aluminio para vender.

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Pasó el tiempo y todos se olvidaron de la frágil Cleotilde, pero en julio de 2010 el pueblo entero comenzó a preocuparse de nuevo cuando fue notoria la ausencia del niño Martín Ríos Chaparro, que asistía a la escuela primaria «Jesús García».
Estaba desaparecido. El herrero Martín Barrón López veía en las calles los cartelones con la imagen del niño, su vecino, y también se preocupaba porque no podían encontrarlo.
Apenas el 29 de marzo de 2012, dieron con su paradero. Hallaron sus huesos entre el monte, cerca de un río que ahora está seco. El niño fue llevado ahí por Silvia y su concubino, el veracruzano, a una casucha de cartón y cobijas donde hay perros feroces como guardianes. Le dieron alcohol para beber hasta que su cuerpecito no soportó más el efecto y cayó al suelo. La hija menor de Silvia, llamada Yahaira, entonces de 13 años, lo degolló y le dio otras treinta puñaladas. La familia de Silvia participó nuevamente en el sacrificio y ofreció su sangre a la Santa Muerte, luego arrojó el cuerpo al monte y los animales carroñeros se encargaron del resto.
«Con la crecida del río el cuerpo fue arrastrado y es hora de que no encuentran su cabecita», relata el empleado municipal Jorge Castillo. Era un segundo sacrificio humano para la Santa Muerte y Silvia no veía ningún beneficio todavía.

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Octavio Martínez Yáñez.

En marzo de 2012 el pueblo prácticamente cayó sumido en el terror, al enterarse de la desaparición y posterior muerte del niño Octavio Martínez Yáñez.
Su abuelastro, el concubino de Silvia, lo llevó a una casucha en un paraje de la localidad conocida como Las Torres, donde se alzan imponentes las torres de conducción de electricidad, pero que paradójicamente no regalan luz a ese sector pobre de Nacozari de García.
Silvia y sus hijos estaban en un cuarto hecho con madera y cobijas, cuando el veracruzano Eduardo Sánchez Urieta emborrachó al niño. Cayó sobre un colchón, completamente sedado por el alcohol, y nunca sintió nada. Le dieron machetazos. Su sangre fue una ofrenda para la Santa Muerte, cuya imagen pendía de un madero y supuestamente atestiguó el sacrificio. Octavio permaneció inerte varios minutos hasta que salió la última gota de sangre de su cuerpo.
El veracruzano cavó una fosa a un costado de la casa y echó el cuerpecito sin vida. Luego lo enterró y puso una capa de cemento encima para evitar los malos olores de la descomposición.
Los malos presentimientos del herrero Martín Barrón López sirvieron de base para iniciar una investigación policiaca.
Una vez, mientras veía Discovery Channel en su servicio de televisión de paga, le llamó la atención un reportaje sobre sacrificios humanos que hacían en otras partes del mundo.
«Miré que por allá, en otro país, pasó un caso parecido y que allí mismo los echaban a un pozo. Fue un presentimiento ver cómo es que también ellos viven en la pobreza y consumen drogas y yo quería ir para que investigaran por qué se estaban perdiendo los niños. Yo tenía miedo de que me involucraran a mí porque vivía con Georgina», dijo Martín.
Él afirma que no interpuso ninguna denuncia, pero que sí le contó a alguien sobre sus presentimientos. Así fue que llegaron policías estatales a investigar el caso a Nacozari de García, a entrevistar a los familiares de Silvia Meraz Moreno, a Georgina, al veracruzano, al abuelastro.
Todos cayeron en contradicciones y se culpaban unos a otros de la autoría material de los asesinatos y finalmente revelaron los sitios donde estaban cada uno de los cadáveres.

***

El pueblo, al enterarse de los tres sacrificios humanos, pasó del terror a la psicosis. En la escuela secundaria federal número 7 los niños se inventaban la presencia de una mujer de negro que se aparecía y les arrebataba los teléfonos celulares.
Los maestros tuvieron que intervenir y explicarles que todo era producto de su imaginación, que no había nada malo en el pueblo y que ese era un caso aislado.
El empresario local y padre de cuatro hijos, Víctor González, califica al pueblo como tranquilo. «Eso no prevalece en Nacozari. Ese fue un hecho insólito porque eso no se practica aquí. Nacozari es un pueblo tranquilo, de gente trabajadora y honesta», asegura.
Y eso parece. Nacozari, a las cuatro de la tarde, cuando los mineros han salido de trabajar, recobra su vida en las calles, con negocios abiertos y una plaza central a la que llegan los más viejos a despedir al sol.
En el pueblo están asustados, pero quizá ese sentimiento pase pronto porque la mayoría estará refugiada en su religiosidad y habrá oraciones para el descanso de las tres víctimas durante la misa que seguramente habrá hoy o mañana o después.
Además, ni Silvia Meraz ni sus familiares están ya en el pueblo porque fueron trasladados a la cárcel de Hermosillo, quizá decepcionados porque hasta ese momento la Santa Muerte no les cumplió sus promesas.

Acerca de Javier Quintero

Periodista originario de Sonora, México. Me gustan los relatos. Escucho a Lila Downs.

Publicado el 2 abril, 2012 en Reportajes y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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